cada paso revela una herida que no sabíamos que teníamos.
Nos volvemos vulnerables,
con la piel del alma tan delgada
que el más leve suspiro del viento
nos desgarra por dentro.
Aun así, en medio del dolor,
titila una diminuta luz,
como una luciérnaga extraviada en una noche sin luna.
¿Será esperanza? ¿O sólo la terquedad del corazón
que insiste en creer que tal vez,
algún día, la primavera volverá a florecer
entre los escombros de esta historia?
Pero entonces me llegan sus palabras,
esas burlas disfrazadas de chiste
que erosionaban mi cuerpo,
como el mar que golpea incansable una roca,
hasta volverla polvo.
Recuerdo sus mentiras,
la forma en que me dejaba fuera de su mundo,
cerrando puertas con cerrojos invisibles
mientras yo, ingenua, buscaba ventanas abiertas.
Y es como un balde de agua helada,
lanzado sin aviso en medio de una noche cálida:
nada va a cambiar.
El final ya estaba escrito
con tinta invisible sobre cada gesto que dolía.
¿Pero qué hago ahora con los sueños que bordé con sus hilos?
¿Con mis brazos, que todavía lo buscan en el vacío
como ramas extendidas al cielo esperando lluvia?
Solo me queda soltar.
Desatar los nudos.
Y aprender, aunque duela,
a abrazarme con la misma fuerza
con la que alguna vez lo amé a él.
Porque él nunca me amó.
Pero yo, yo puedo aprender a amarme
con toda la ternura que él me negó

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