martes, 20 de mayo de 2025

En camino hacia el desamor

Dejar de amar es como caminar descalza sobre cristales:

cada paso revela una herida que no sabíamos que teníamos.

Nos volvemos vulnerables,

con la piel del alma tan delgada

que el más leve suspiro del viento

nos desgarra por dentro.


Aun así, en medio del dolor,

titila una diminuta luz,

como una luciérnaga extraviada en una noche sin luna.

¿Será esperanza? ¿O sólo la terquedad del corazón

que insiste en creer que tal vez,

algún día, la primavera volverá a florecer

entre los escombros de esta historia?


Pero entonces me llegan sus palabras,

esas burlas disfrazadas de chiste

que erosionaban mi cuerpo,

como el mar que golpea incansable una roca,

hasta volverla polvo.


Recuerdo sus mentiras,

la forma en que me dejaba fuera de su mundo,

cerrando puertas con cerrojos invisibles

mientras yo, ingenua, buscaba ventanas abiertas.


Y es como un balde de agua helada,

lanzado sin aviso en medio de una noche cálida:

nada va a cambiar.

El final ya estaba escrito

con tinta invisible sobre cada gesto que dolía.


¿Pero qué hago ahora con los sueños que bordé con sus hilos?

¿Con mis brazos, que todavía lo buscan en el vacío

como ramas extendidas al cielo esperando lluvia?



Solo me queda soltar.

Desatar los nudos.

Y aprender, aunque duela,

a abrazarme con la misma fuerza

con la que alguna vez lo amé a él.

Porque él nunca me amó.

Pero yo, yo puedo aprender a amarme

con toda la ternura que él me negó 

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