Las cosmogonías del Antiguo Oriente Próximo constituyen un
conjunto de relatos míticos que procuran explicar el origen del mundo tal como
se conoce. Estos textos, cargados de simbolismo y significado cultural, buscan
responder a una pregunta fundamental de la filosofía antigua: ¿Cuál es el
principio – el arjé (αρχη) – del universo? En el contexto
bíblico, las ideas cosmológicas suelen presentarse de manera indirecta,
integradas en la cosmovisión de los autores sagrados y profundamente
influenciadas por las culturas circundantes con las que Israel interactuó a lo
largo de su historia. Por ello, el estudio de las cosmogonías mesopotámicas,
egipcias y otras, permite iluminar elementos del relato bíblico de la creación
a través de paralelos y contrastes significativos.
Este artículo tiene como propósito presentar, de manera panorámica,
algunas de las cosmogonías más influyentes del Antiguo Oriente Próximo – con
especial atención al poema babilónico Enuma
Elish – y analizar su relación y diferencia con la concepción israelita de
Dios y del origen del cosmos.
Una de las cosmogonías más destacadas es Enuma Elish, el relato de creación
acadio-babilónico que narra el conflicto entre Marduk, deidad de la luz y el
orden, y Tiamat, símbolo del caos primigenio y oscuridad. En esta epopeya, a la
creación del mundo surge como resultado de una contienda violenta entre fuerzas
adivinas. Marduk, tras vencer a Tiamat, organiza el cosmos y asigna un lugar a
los cuerpos celestes – el sol, la luna y las estrellas – estableciendo así el
calendario y el orden del tiempo. No obstante, es crucial destacar que estos
astros no son creados por Mardukj, sino que ya existen como entidades divinas;
su función en el cosmos es más de asignación que de creación ex nihilo.
En contraste, el relato bíblico de Génesis 1 presenta una
visión radicalmente distinta: ñlos cuerpos celestes no solo son creados por
Dios, sino que no reciben nombres propios, sino descripciones funcionales
("lumbreras mayores y menores"). Esta elección literaria parece intencionada,
como una forma de desmitologización y una crítica explicita a la idolatría
astral, como lo evidencian textos como Deuteronomio 4:19, prohíben la adoración
del "sol, la luna, las estrellas y todavía el ejército del cielo".
La diferencia más profunda, sin embargo, radica en la
teología subyacente. Mientras que Enuma
Elish presenta una cosmogonía politeísta, producto de la lucha entre
dioses, el texto bíblico proclama a un Dios único, soberano y eterno, que crea
sin oposición, a partir de la nada (creatio ex nihilo). Esta ausencia de
teogonía, es decir, de un relato del origen del propio Dios, refuerza su
carácter eterno y trascendente. A su vez, el ser humano ocupa un lugar central
en el relato bíblico: es creado a imagen
y semejanza de Dios y se le otorga dominio sobre la creación. Esta
dignificación contrasta fuertemente con las antropogonías mesopotámicas, como
la del mito de Inuma Ilus, donde el
hombre es creado para servir a los dioses, realizando las tareas que ellos
desean evitar.
A pesar de estas diferencias, existen ciertos paralelismos
interesantes. Uno de los más notables es el uso de la palabra como instrumento
creador. En Génesis, Dios crea mediante su palabra ("Dijo Dios..."), un concepto
que encuentra un eco parcial en la teología menfita del antiguo Egipto, donde
el dios Ptah crea mediante el verbo y el pensamiento. Sin embargo, el Dios
bíblico no emplea su palabra para originar otros dioses, sino para dar
existencia al cosmos y al ser humano, reafirmando su unicidad y supremacía.
En conclusión, el estudio de las cosmogonías del Antiguo
Oriente Próximo proporciona un marco indispensable para comprender la
originalidad y profundidad del pensamiento teológico israelita en torno a la
creación. Conocer el entorno cultural y religioso en el que surgieron los
textos bíblicos permite identificar con mayor claridad las convergencias y
divergencias entre Israel y sus vecinos. Comprender cómo se conceptualiza el
universo (cosmología) y su origen (cosmogonía) resulta clave para entender la
cosmovisión hebrea, en la cual el mundo no es fruto del azar ni del conflicto,
sino de un acto deliberado, ordenado y soberano de un Dios personal y
trascendente.

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